martes, 16 de diciembre de 2025

La última cena

 La última cena

¿Alguna vez has estado en una mesa en la que cada uno de los invitados ya se había cogido a los otros?
Pues yo sí.

Tras días pesados entre escuela, trabajo, relaciones fallidas y actividades extracurriculares, mis amigos y yo decidimos organizar una cena para despedir el año: un convivio cute, con intercambio y muchas risas. Ya en el lugar, comenzó la plática, cargada de historias sobre noviazgos, traumas emocionales y, claro, risas; siempre se escapa uno que otro chiste que provoca carcajadas entre los invitados.

Sentados ahí, después de una que otra copita y tras mirar a los ojos a algunas de las personas en la mesa, no pude evitar pensar: wow. Tú y fulanito cogieron, él con él, él con ella… y así sucesivamente. Inevitablemente me pregunté cómo podían comer en la misma mesa como si nada hubiera pasado en un colchón matrimonial de segunda mano o en un automóvil prestado. Compartieron más que besos, y ahora compartían comida, charla y risas, como si fueran los doce apóstoles. Estaba claro que yo sería Jesús.

Todos parecían actuar con completa normalidad. A fin de cuentas, éramos amigos. Pero yo no entendía cómo podían evitar —o bloquear— ese recuerdo sin algún tipo de regresión o flashback. Me pregunté si eso sería una habilidad adquirida después de iniciar la vida sexual.

Me sentía como un niño inmaduro, casi como cuando tienes trece años y estás sentado en una mesa rodeado de adultos sin entender nada porque te faltan experiencias. Golpe de realidad: tengo veinte.

Al observar la escena —mesa larga, invitados muy diversos— tuve una epifanía no tan profunda, más bien banal: tal vez yo era la única persona virgen allí, la única que no había compartido fluidos con nadie. Eso me entristeció y me hizo preguntarme cuánto me falta para sentirme parte de ese mismo mundo, riendo, comiendo y actuando como si nada.

- XOXO, Harryhell

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