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miércoles, 14 de enero de 2026

Sigue el camino amarillo...

 Sigue el camino amarillo...


¿Alguna vez has sentido que tu vida no tiene rumbo? ¿Que, por más que sigas avanzando, todo parece difuso, e incluso que no perteneces a ningún lado? Pues a mí sí. Y también le pasó a Dorothy y a Toto, jiji.

Tras días encerrado en mi casa, sabiendo que mi única actividad serían mis clases extracurriculares en la noche, pensé: debo salir, no puedo seguir aquí adentro. Mi hermana va a trabajar, mis padres están en casa trabajando y yo soy el único que no hace nada. Era claro: debía despejarme aunque fuera un poco de la burbuja que había creado en mi departamento, donde no veo más que TikToks e imagino escenarios ficticios que nunca pasarán. Justo como Dorothy, anhelando algún otro lugar más allá del arcoíris.

Fue entonces que decidí salir a tomar fotos para mi Instagram: nada más que mi cámara y yo en la ciudad. Me bañé y me alisté para enfrentar el mundo. Al salir de mi casa, el día era brillante, casi como un mundo nuevo, como la llegada de Dorothy a Oz. Y así comienza mi primer obstáculo: tomar el transporte público. Misión que claramente completé con éxito; no es algo tan complejo.

Pero fue entonces, en la combi, cuando surgió una serie de pensamientos que me atormentarían durante todo el camino. Una pregunta que normalmente no te harías al salir a la calle, pero que yo sí me hice: ¿hacia dónde voy? Esa pregunta me mantuvo disociado de la realidad durante el trayecto al centro de la ciudad. Sabía que quería tomar fotografías, pero ¿dónde lo haría? Estaba desconcertado.

Y claro, no bajaría Glinda, la Bruja Buena del Norte, del cielo a decirme que siguiera el camino amarillo. Yo tenía que decidir cuál era mi camino amarillo. Así que bajé de la combi y lo seguí; que en este caso no era más que las bellas banquetas de la ciudad. Ciudad que, aunque no es la Ciudad Esmeralda, es la ciudad de la cantera rosa.

Seguí caminando, intentando encontrar algo interesante, pero parecía que no había nada. La ciudad no tenía nada que ofrecerme, y yo seguía caminando y caminando. Nada despertaba en mí la inspiración necesaria para tomar una buena foto. Entonces no pude evitar preguntarme: ¿qué estoy haciendo? Y de esa pregunta surgieron más: ¿hacia dónde voy? Salgo a tomar fotos porque no tengo ocupación ni vocación, soy un adulto de casi 21 años encontrándose sin misión ni rumbo en su vida… ¿qué carajo está pasando?

¿Acaso Dorothy se habrá preguntado lo mismo y por eso quería salir de casa?

Y de pronto, un milagro: algo interesante a lo que tomarle foto. ¿Fue acaso que mis dilemas me hicieron encontrar el spot perfecto? No lo sé, pero lo que sí sabía es que había caminado tanto por el camino amarillo que casi había llegado a las tierras de la Bruja Mala del Oeste (si saben a qué me refiero). Así que tuve que seguir el camino amarillo para salir de ahí e ir a mi lugar predilecto para encontrar inspiración y buenas fotografías: El Bosque.

Y efectivamente, ahí encontré mi inspiración. Pero no solo eso: encontré cosas maravillosas. Hojas naranjas, grafitis naranjas, objetos naranjas. Había un patrón de color. ¿Qué intentaba decirme el mundo? ¿Por qué de repente este color surgía en mi viaje, así como el verde en el viaje de Dorothy hacia el Mago?

Tras esa caminata, decidí volver a casa. Volví con unas cuantas fotos y sin haber resuelto los dilemas que se presentaron en mi camino. Como dijo Dorothy alguna vez: “No hay lugar como el hogar”. Pero entonces no pude evitar preguntarme: ¿esto es lo que nos quiere enseñar El Mago de Oz? ¿El conformismo? ¿No enfrentarte a lo que se avecina en tu camino porque puedes quedarte en casa?



¿Acaso me quedo en casa para no enfrentar mis problemas, como Dorothy a la Bruja Mala? ¿Quién o qué traumas son la Bruja Mala en mi camino de la vida?

No lo sé. Pero sí puedo decir que es verdad: no hay lugar como el hogar.

Pd: las fotos estarán próximas la siguiente semana en mi Instagram para que vayan a verlas <3

@harryhellx

- xoxo, Harryhell

martes, 16 de diciembre de 2025

La última cena

 La última cena

¿Alguna vez has estado en una mesa en la que cada uno de los invitados ya se había cogido a los otros?
Pues yo sí.

Tras días pesados entre escuela, trabajo, relaciones fallidas y actividades extracurriculares, mis amigos y yo decidimos organizar una cena para despedir el año: un convivio cute, con intercambio y muchas risas. Ya en el lugar, comenzó la plática, cargada de historias sobre noviazgos, traumas emocionales y, claro, risas; siempre se escapa uno que otro chiste que provoca carcajadas entre los invitados.

Sentados ahí, después de una que otra copita y tras mirar a los ojos a algunas de las personas en la mesa, no pude evitar pensar: wow. Tú y fulanito cogieron, él con él, él con ella… y así sucesivamente. Inevitablemente me pregunté cómo podían comer en la misma mesa como si nada hubiera pasado en un colchón matrimonial de segunda mano o en un automóvil prestado. Compartieron más que besos, y ahora compartían comida, charla y risas, como si fueran los doce apóstoles. Estaba claro que yo sería Jesús.

Todos parecían actuar con completa normalidad. A fin de cuentas, éramos amigos. Pero yo no entendía cómo podían evitar —o bloquear— ese recuerdo sin algún tipo de regresión o flashback. Me pregunté si eso sería una habilidad adquirida después de iniciar la vida sexual.

Me sentía como un niño inmaduro, casi como cuando tienes trece años y estás sentado en una mesa rodeado de adultos sin entender nada porque te faltan experiencias. Golpe de realidad: tengo veinte.

Al observar la escena —mesa larga, invitados muy diversos— tuve una epifanía no tan profunda, más bien banal: tal vez yo era la única persona virgen allí, la única que no había compartido fluidos con nadie. Eso me entristeció y me hizo preguntarme cuánto me falta para sentirme parte de ese mismo mundo, riendo, comiendo y actuando como si nada.

- XOXO, Harryhell

jueves, 11 de diciembre de 2025

Escuché la terapia de mi hermana :p

 Escuché la terapia de mi hermana

En este mundo tan cruel en el que vivimos, desprendernos de la terapia se ha vuelto algo muy complicado; es casi una necesidad básica... o eso creo. Todos alguna vez hemos tomado terapia, abriéndonos ante un desconocido que nos promete solucionar nuestros problemas emocionales a través de la escucha. Y es divertido, porque puedes sentirte como alguna celebridad en una entrevista, pero, ¿alguna vez has escuchado la sesión de terapia de alguien más? Pues yo sí, y fue la de mi hermana.

Mi hermana, como yo, acostumbrada a la vida sola y plena en la que podíamos estar en cualquier parte del depa y nadie podía escucharnos, decidió tomar su terapia a puerta abierta, sin pensar que yo llegaría temprano a casa esa tarde. Al inicio no presté atención a las voces, pues yo entré a la casa cantando y pensando en lo que había pasado en mi ajetreado día... hasta que comienzo a relajarme en mi cuarto y fue cuando mi cerebro decidió escuchar la conversación que tenía mi hermana con su terapeuta a través de una videollamada. 

Mi primer pensamiento fue "oh fuck, qué verga, ¿en serio estoy escuchando esto?". Sentía una mezcla de incomodidad y curiosidad. Claro, no era moralmente correcto, pero, vamos, era chismecito gratis. Afortunadamente el tema de la sesión no era algo muy hardcore, pero curiosamente logró derribar mi estabilidad emocional, pues estaba hablando de las expectativas que tienen nuestros padres respecto a nosotros que aunque era muy obvio que se refería a las expectativas que tenían de ella, era inevitable no pensar en cuántas cosas hago o no hago en función de la aprobación y el amor de mis progenitores.  

¿Cómo era posible que algo que era tan personal para ella logrará conectar conmigo? Todavía hoy me lo sigo preguntando. Al acabar de escuchar la sesión, decidí guardarlo y no contarlo. Fui empático por un momento y pensé: "no me gustaría que supieran lo que hablo con mi terapeuta". 

Hasta que, como siempre, ocurrió una discusión dramática entre mi familia y yo. Discutí con mi madre respecto a algo tan tonto pero significativo como la ropa y el estilo que uso, a lo que mi hermana me llamó exagerado ante la situación. Y como persona malévola e incorrecta, usé su terapia como argumento contra ella, ya que me había molestado lo poco empática que estaba siendo conmigo. En ese momento, sentí un bajón en el cuerpo. Sabía que había hecho mal, que había sido un monstruo, y quería remediarlo, pero seguíamos discutiendo y las emociones negativas crecían, poniéndome en un gran dilema en el que no sabía que hacer. 

Hasta el día de hoy no he logrado pedir una disculpa. Soy una mierda de persona. Pero hoy que estaba apunto de empezar a escuchar su sesión otra vez, decidí no hacerlo, debía hacer lo correcto. ¿Y qué hice? Me puse mis audífonos y escapé del mundo, así yo respeto su privacidad y ella puede abrirse sin inhibiciones ante su terapeuta. 


¿Te atreverías a escuchar la sesión de terapia de alguien más?

- XOXO, Harryhell

¿Quién soy?

¿Quién soy?   Al crear este blog me he enfrentado a dos cosas: la necesidad de presentarme y a la pregunta que nos atormenta a cada uno toda...