La invasión
Cuando somos chicos, las visitas en casa no representan mayor problema. Lo único que tienes que hacer es comer, portarte bien y jugar con los hijos de las visitas. Pero al crecer y volverte un adulto en desarrollo, las cosas se complican, y el presentarte en sociedad se vuelve mucho más difícil que eso.
Exactamente ayer, por ser el cumpleaños de mi papá, mi mamá decidió hacerle una fiesta para celebrarlo. Lo que parecía una idea grandiosa se transformó en un estrés constante durante los días previos, tras una decisión que tomó para la fiesta: invitar a sus compadres, a quienes no veía desde hacía mucho tiempo.
Y quizá te preguntes, ¿por qué eso representa un problema?
Al convertirme en una persona con serios problemas de identidad e inseguridades, este tipo de situaciones representan un estrés enorme para mí. Recibir visitas así —donde la forma en la que soy percibido está atravesada tanto por las expectativas de ser hijo de mis padres como por una versión de mí que no existe— hace que estas reuniones se conviertan en una pesadilla viviente. Charlas interminables, imprudencias de adultos borrachos y poco divertidos, todo el tiempo.
Finalmente llegó el día. Yo, súper enfermo de gripa, tuve que recibir a los invitados en la gran fiesta. Al inicio todo transcurría con normalidad, hasta que llegó la noche: yo con gripa, un frío infernal y mi padre diciendo estupideces, completamente borracho, habían convertido la velada en un desastre.
Y, por si fuera poco, las visitas tenían que quedarse en mi casa. Enfermo y todo, tuve que dormir en un cuarto que no era mío, aguantar gente y despertar, con mocos incluidos, saludando como si nada.
No pude evitar comparar mi situación con la de Venezuela y Maduro: yo, tan débil y frágil como ese país, terminaba siendo invadido por intrusos, despojado de mi espacio, casi prisionero de guerra en mi propia casa. Y es en ese momento cuando te das cuenta de cuánto sacrifican los adultos de tu libertad y de tu vida personal por agradar a otros adultos.
Después de un rato, las visitas se han ido. Me he librado de ellas. Aunque he de decir que fue un gran trabajo por parte de mis padres deshacerse de ellas, y más aún cuando los invitados se toman atribuciones que no les corresponden.
Pero mañana tendré más visitas. Esta vez serán mis amigos. Visitas que, la verdad, no me molestan. Sin embargo, esto despertó en mí una pregunta: ¿será que cuando crezcamos y tengamos hijos, mis amigos se convertirán en los intrusos para mis hijos y dejarán de ser una visita agradable de recibir?
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